RECUERDOS DE JUVENTUD

Antoñito: El terrible juego del esconde-correas.

Antoñito: El terrible juego del esconde-correas.

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Mis veranos en Villanueva de los Molinos no hubieran sido los mismos sin aquel ominoso juego llamado “El esconde correas”.

La temática era bien simple. Nos reuníamos un grupo de chavales en una calle del pueblo, se delimitaba un área como “casa” y entonces uno se quitaba la correa y se sorteaba quien era el “esconde correas”. Si te tocaba, bien, de lo contrario empezaba la emoción…

El juego en sí consistía en que el “esconde correas” ocultaba el cinturón en cualquier sitio de la calle; una ventana, debajo de un coche, detrás de una cortina, etc. Una vez hecho, el tipo daba la orden y el resto buscaba el maldito cinturón con el corazón a mil por hora.
Cuando alguien la encontraba tenía toda la libertad del mundo para liarse a correazos con los compañeros hasta que alcanzaran el sitio acotado como “casa”.
Como veis, un placer.


Aquello ponía a prueba todos los mecanismos físicos y mentales del organismo, especialmente el aparato locomotor. Un juego que templaba los nervios hasta convertirlos en acero y forjaba verdaderos hombres, ¡de hecho las chicas no podían jugar!, que alguna jugaba…
En resumen, una actividad didáctica que quitaba mucha tontería.

“El esconde correas fue el martirio de los niños gordos de mi época, de los chavales con problemas motrices y vehículo de gozo para muchísimos cabrones que esperaban el momento de jugar con más ansias que un novio la noche de bodas. Se podía jugar con normas o sin ellas, siendo la única diferencia la prohibición o no de dar con la hebilla…”

Pero tengo un buen recuerdo. Después, ya de adulto me he acordado mucho de esas noches, de esas carreras y, particularmente, de esos correazos; no hará un mes estuve en una sala sado de Madrid y me vino a la cabeza el juego, ¡qué felices éramos de  niños!

Antoñito, preparándose para el esconde-correas.

Antoñito, preparándose para el esconde-correas.

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