RECUERDOS DE JUVENTUD

La noche que cacé un gato-conejo.

La noche que cacé un gato-conejo.

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Tendría yo como unos ocho años cuando mi hermano Damián me propuso ir a coger gatos-conejo al río de Villanueva de los Molinos.
Mediados de agosto, con un calor que hasta las ranas llevaban cantimplora y yo alucinaba escuchando las historias que nos contaba Damián sobre los gato-conejos.
Por lo visto eran animales muy huidizos que habitaban en las riveras del río y que solamente salían de noche para cazar. Mi hermano Rosendo desistió de acompañarnos al conocer que los gatos-conejo tenían la habilidad de saltar a la cara con la intención de sacarte los ojos con sus afiladas uñas, pero yo no, yo siempre fui un valiente. Y además llevo gafas.

Así las cosas a eso de las once de la noche salimos de casa y en diez  minutos ya estábamos en las orillas del río Cañizares.
Damián me encomendó la tarea de ser el portador del saco en el que meteríamos a los gato-conejo que cazásemos esa velada. Al poco rato de andar por allí revisando los juncos que bordeaban el curso del río, mi  hermano salió como una exhalación (siempre me maravilló la capacidad de este tío para salir corriendo con sus 140 kilos), le vi perderse en la oscuridad chillando como un poseso.
– ¡Lo tengo, lo tengo! ¡Pólar ven con el saco, por Dios! ¡Date prisa! -, me gritaba. Por supuesto corrí hacia él y nada más llegar introdujo el gato-conejo en el saco.
– Llévalo con cuidado, estos animales pueden ser muy agresivos -, advirtió con el rostro serio mi hermano. Con esas palabras aún resonando en mi  mente y con la imagen de un gato-conejo clavándome sus garras, cogí el saco con temor. ¡Cómo pesaba el jodido bicho!

Poco después y sin mediar palabra, Damián echó a correr de nuevo y al momento se repitió la escena anterior. Con cuidado de no balancear en exceso el saco llegué hasta su posición y con la linterna apagada, al parecer la luz les volvía locos, introdujo a otro de esos extraños animales en la bolsa.

Tres horas más tarde habíamos cazado no menos de quince gatos-conejo. La saca pesaba tanto que me tenía que parar cada diez pasos para descansar. Damián decidió que por esa noche ya era suficiente, de modo que, con nuestra preciada carga, regresamos a casa. Por el camino mi hermano me miraba y ahogaba una risa entre las manos. ¡Debía parecerle muy gracioso verme sudar cargando con el maldito saco de gatos-conejo!

Al llegar a casa se desató la tragedia. Abrí con cuidado el saco para mostrarle a Rosendo y a Antoñito nuestras piezas y, para mi sorpresa, el interior estaba lleno de piedras. Redondos cantos de río que me habían destruido la espalda…
Antoñito estalló en carcajadas mientras Rosendo me miraba atónito  y Damián me explicaba que, debido al bamboleo, los animales se habían transformado en piedras, que eso era algo muy habitual en esa especie y que otra noche iríamos a por más. Antoñito llegó a caerse al suelo y se retorcía mientras sus carcajadas atronaban toda la casa. Incluso mamá, que acudió al oír el escándalo, se empezó a reír mientras palmeaba mi cabeza. No sé. Todo muy extraño…

Ahora, muchos años después, dándole vueltas al asunto estoy casi seguro de que el sinvergüenza de Damián se inventó toda la historia para gastarme una broma. Aunque reconozco que aún me queda la duda.

¿Alguien ha cazado alguna vez gatos-conejo?

En el jardín del piso de Madrid.

En el jardín del piso de Madrid.

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1 Comment

Carrizoseño - 07. Jun, 2015 - Responder

Amigo Pólar, en otros lugares también se han visto estos animales, en mi pueblo se llaman Gamusinos, pero en Galicia se les conoce como cordoveyos… O sea que no te preocupes que no estás solo…