RECUERDOS DE JUVENTUD

Pólar: Un “almendrado” explosivo.

Pólar: Un “almendrado” explosivo.

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Viendo lo que ha contado mi hermano Damián me he acordado de una anécdota que viví en el pueblo cuando era un niño. Con ocasión de las Ferias y Fiestas de Villanueva de los Molinos venían a la localidad unos vendedores ambulantes, aunque la venta ambulante está prohibida y reconozco que me molesta un montón esa gente, pero en fin, que vendían tebeos, chucherías y petardos. Era un 13 de Agosto porque era el primer día de la fiesta y todos íbamos con ropa de estreno, que si no no eres nadie en el pueblo.

Quimicefa, producto apto para aburridos sin pueblo.

Quimicefa, producto apto para aburridos sin pueblo.

Mi madre, que en paz descanse, me regaló por las buenas notas un Quimicefa porque, lo reconozco, desde pequeño fui un ser muy curioso, pero claro, a mi eso del Cloruro amónico rápidamente se me quedó corto y ya de vacaciones en el pueblo me dediqué a la experimentación de campo.

Al principio, como todos, aprendí a quemar hormigas con la lupa, pero pronto descubrí el extraordinario mundo de los explosivos gracias a los petardos que tenía mi hermano Damián. Naturalmente nunca me atreví a sustraerle ninguno, los tenía contados y además jamás he tenido espíritu delincuente.

Pues ese año, como os contaba, apareció un señor con un puestecillo de tebeos, Glycyrrhiza glabra (palulú para los ignorantes) y petardos. No parecían tan grandes como los de Damián pero, para mis experimentos me iban de perlas. Compré una caja de diez y me guardé el resto del dinero para los coches de choque.

Esa misma noche comencé mis trabajos. En una de las esquinas de la parroquia de Santa Águeda, patrona del pueblo, avisté una tremenda mierda de perro. Grande, de aspecto esponjoso y toda ella recubierta de un montón de tropezones que lograban dar a la caca un aspecto muy parecido al que tenían los polos almendrados de chocolate que vendían en la churrería y en el puesto del tío Sapiencias.

 

Me acerqué, cuando no me veía nadie, y coloqué uno de mis petardos. Hundirlo allí no fue sencillo sin mancharme, pero con un poco de paciencia, lo logré. Miré a ambos lados, para asegurarme la soledad del momento, y encendí con una cerilla la mecha al tiempo que salí corriendo por temor a la deflagración.

Al otro lado de la acera contemplaba mi explosivo ensayo pero nada ocurrió. Solo una débil columna de humo emergía de aquel apestoso montículo marrón. Me acerqué con cautela y reconocí el problema de inmediato; ¡la mecha había fallado! Me puse de rodillas, procurando evitar las arcadas, y soplé un par de veces con la esperanza de que la débil llama se reavivase por el aporte extra de oxígeno. Y lo hizo.

No había terminado de exhalar mi segundo soplo cuando sobrevino la explosión y en décimas de segundo me encontré con toda la cara repleta de mierda y pedacitos de almendra o lo que fuera aquello. Las gafas quedaron al momento cubiertas de caca y para rematar la faena un molesto pitido en los oídos me tenía aturdido.

Por supuesto la sensación fue agridulce, por un lado había logrado volatilizar el objeto, como era mi deseo e intención. Por el otro, desde el pelo hasta más abajo del pecho, todo yo era una especie de niño-Ferrero Rocher con olor y sabor a mierda.

Así las cosas, y lo más rápido que me daban las piernas, me marché a casa. Mi pobre madre no acertó nunca a entender como había logrado darme aquella pátina de excremento tan eficazmente distribuida por mi cara, gafas y camiseta.

En fin, recuerdos del pueblo que le hacen a uno añorar unos tiempos que, desgraciadamente, no volverán.

Pólar Briones.

Pólar Briones.

Pólar Briones.

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